Love

Este pasado viernes regresó a nuestras pantallas Love —la serie original de Netflix— que con el estreno de su segunda temporada nos ofrece doce capítulos nuevos que exploran de cerca el complejo caos romántico con el que tiene que lidiar toda una generación desesperada (o bien, al menos unos cuantos de nosotros).

 

La serie creada y producida por Judd Apatow (Freaks and Geeks, Girls, Crashing) retoma la historia de Gus (Paul Rust) —un frustrado aspirante a guionista de buenas intenciones pero pobres resultados—, y Mickey (Gillian Jacobs) —una chica en plena pugna con su adicción al alcohol, las drogas, el sexo y el amor. A lo largo de la primera temporada, el espectador es testigo del tropezado (pero apasionante) arranque de su relación, cuya evolución se vuelve mucho más interesante conforme avanza la segunda. En sus nuevos doce episodios, Love consigue revelar momentos íntimos de una relación con una textura que genuinamente se siente auténtica. ¿Cómo consigue Apatow despertarnos esta sensación de verdad? La respuesta está en los detalles. En lo cotidiano. En lo banal.

 

 

Tronar un grano como muestra de afecto, empezar una pelea a raíz de las inseguridades más mezquinas, encuentros incómodos con exnovios, Tinder y malas decisiones: Love lo tiene todo. La relación entre Gus y Mickey es un desastre. Los mismos personajes son un desastre, cuyo narcisismo, egoísmo y codependencia se vuelven frustrantes de presenciar en más de una ocasión. Pero es justamente este lado humano y sucio y complicado de las relaciones que esta serie capta y representa con una maestría que la vuelve real.

 

 

A veces es difícil señalar puntualmente cuál es el propósito de las acciones de los protagonistas, el porqué del cariño que se tienen a pesar de su incompatibilidad primigenia y el motivo detrás de sus decisiones autodestructivas. Pero en realidad son los mismos personajes los que tampoco tienen idea de lo que están haciendo (porque a fin de cuentas, ¿quién sí la tiene?). Como consecuencia de este “me-dejo-arrastrar-por-la-inercia-de-mis-sentimientos-porque-no-sé-cómo-ser-un-humano-funcional”, el desarrollo de la temporada —así como la relación entre los protagonistas— se convierte en un eterno estira-y-afloja con base dicotómica en el miedo a sentir como tal en contraposición con obedecer instintos (románticos o sexuales potencialmente tóxicos) con tal de recibir gratificación inmediata. Gus y Mickey se convierten en espejo de una generación que corre en dirección opuesta de sus sentimientos, y cuyo mayor miedo es irónicamente la soledad.

 

 

En resumen, lo más atractivo de esta serie es su humanidad: la honestidad con la que retrata a dos fuck-ups que se saben dañados, y sus intentos (frecuentemente fallidos) por lidiar con su bagaje emocional. Lo interesante es el retrato de lo volátil de las relaciones contemporáneas. Love recorre como en una montaña rusa los altos y los bajos de la vida en pareja, y reafirma que la cumbre más alta puede tomar la forma de un domingo viendo Die Hard en la cama (vean el capítulo 5 e intenten contradecirme). Como dije antes, la intimidad se esconde siempre en los detalles.

 

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