Una Vida Se Mide En Años

 

año uno

Una fiesta. Un cuarto. Gente con ojos inyectados de vida llenando vasos rojos con licor que se escurre como miel. Yo, la intrusa. Él, el festejado. Nuestras miradas cruzándose fortuitas a través de la sala. Dos suertes. Dos desconocidos. Su pelo largo y su presencia ineludible. Una charla de temas superfluos, temas insulsos, una charla de nada. La plática mundana pero la química innegable, la química embriagante. Él azotándome contra la pared del patio, los dos escapando de sus invitados como niños que persiguen luciérnagas. Su boca en mi cuello, mis dedos en su pelo, su cuerpo contra el mío. Mi amiga gritando que nos tenemos que ir, pero yo tengo sed. Sed de sus labios, sed de sus manos en mi cara. Y lo miro y bebo de sus ojos líquidos y agudos que me calientan la sangre y le aprieto las manos y lo dejo ir, las puntas de mis dedos incendiadas todavía buscándolo en la oscuridad.

Él viaja a Suecia. Seis meses de distancia, de otras vidas, de otros labios. Seis meses de escribirnos y de conocerlo a través de sus letras; todos los días esperando a responderle con la impaciencia anticipada de quien alguna vez tuvo fuego en las yemas de los dedos. Aprendo sus pasiones, aprendo sus temores, lo aprendo entero. Se convierte en mi Biblia, en mi pasaje favorito, su nombre bramando dulce en la punta de mi lengua cada vez que se escapa de ella. Graduaciones, viajes, vodkas y tequilas. Seis meses que vienen, seis meses que van. Y la ciudad, brava, rugiendo expectante por su regreso.

Un avión que aterriza y sus turbinas estallando al compás de mis latidos que pulsan, que palpitan, que me hacen saberme viva. Y finalmente lo puedo ver y lo puedo tocar y mis manos se regocijan perdiéndose en los laberintos de su clavícula y de su pecho. Se convierte en mis días. Todos son para él y toda yo me sé suya. Aprendo el arco de su espalda, aprendo las grietas de sus manos, lo aprendo entero. Cogemos en la cocina, cogemos en el coche, cogemos en el cine. Mi cuerpo, necio, no puede desprenderse del suyo y mi boca se aferra al hueco entre su cuello y sus hombros con violencia desbordada, como queriendo compensar por los días de ausencia, por los meses de cuerpos que se anhelaban encontrar flotando en un vacío infinito.

 

año dos

Se me va la vida en un departamento de Polanco y en su olor a almizcle y en sus canciones. Toda la vida parece una canción: mi cuerpo las cuerdas, y sus manos prodigiosas el instrumento que las hace vibrar. Mundos de sábanas y de cuerpos enredados. Nada más importa, nadie más importa. Sólo sus ojos líquidos y agudos, y la carne de su espalda bajo mis uñas. Le cuento mis pocos secretos, mis más hondos pensamientos en susurros compartidos en madrugadas interminables envuelta en sus brazos que me ciñen y me aprietan sin intención alguna de soltar. No hay un día que no pasemos juntos, somos una sola persona y nuestros cuerpos chocan y nuestros labios se tocan con el desesperado propósito de convertirse en uno mismo. Sus amigos me odian. “Yoko Ono” me dicen, “esa vieja” me dicen. Pero no me importa, no me importa, no me importa porque yo sólo lo necesito a él, a mi dosis de él.

Despierto junto a su cuerpo inerte y lo veo dormido, su boca una media luna y me conmueve tanto que me arranca lágrimas de felicidad y nunca me había sentido así y la emoción se desborda por las comisuras de mis ojos y hace que mis labios tiemblen cuando se posan en su frente.

Me lleva a Suecia. Conozco a su mamá, conozco a sus amigos, conozco a su vida antes de mí. Conozco un país hermoso con veranos frescos y días que se extienden hasta madrugadas que se convierten en días a su vez. Nada puede superar la dicha de caer dormidos entre lenguas y gemidos y suspiros noche tras noche sólo para volver a abrir los ojos ante la visión de él. Él acariciando una guitarra, nuestra relación una serenata. Suecia se resume en una espiral de vino barato y carcajadas risueñas y la complacencia de no hacer nada más que hacernos a nosotros mismos. “Eres perfecta”, me dice un día de lluvia y yo llorando y negando con la cabeza y él estrechándome y reconfortándome con palabras que me saben dulces y verdaderas. Volamos a Edimburgo y nos enamoramos del charme escocés y nos enamoramos y nos tragamos y nos enamoramos de nuevo.

Regresamos a México. Abandono mi sosa y mezquina carrera de negocios. Él me inspira, me invita a perseguir mis sueños, él me hace querer ser la mejor versión de mí misma. Él.

 

año tres

El tiempo parece más voluble que antes; es caprichoso y espeso y tiende a resbalarse entre los dedos. El tiempo cobra importancia porque ya no es nuestro. El tiempo no es de los amantes y el idilio se desvanece y se diluye con responsabilidades y otras prioridades. El recuerdo de Suecia como vago recordatorio de lo que fue. Sus ojos aún líquidos y agudos me recorren toda, sus manos en mi mandíbula me aprietan y me sueltan. Yo con mis arrebatos y él con sus justificaciones. Aprendo a ceder, aprendo a no resentir. Vamos al cine, palomitas donde antes hubo besos y todavía a veces por las noches nos devoramos en un frenesí vehemente, su cabeza enterrada en mi pelo, su mirada evadiendo la mía.

Le escribo cartas. Cartas de amor, cartas de confesión, cartas de perdón. Me dejo ir en mi escribir, sangro tinta en papel mientras él hace música, sigue con su música pero la melodía no es la misma y la letra es extraña e inconclusa. Pero veo sus ojos y siento su aliento que me quema la nuca y los muslos y todavía se incendian las yemas de mis dedos cuando despierto junto a su cuerpo que a veces me envuelve y a veces me escapa.

Y a veces grito y a veces grita y a veces me piensa loca y otras fastuosa. Y me dice que me ama y le digo que lo amo, y azoto la puerta antes de salir del departamento de Polanco y lloro en el coche y lloro en el baño y lloro en la cama. Y ya no entiendo de ideologías y me refugio en mis fantasías tontas y vacías, verano en Suecia, sí, dedos incendiados, sexo en la sala y en el piso y en la lluvia. Lejos, lejos, y nuestros cuerpos flotando en un vacío infinito.

 

 

año cuatro

El tiempo, el tiempo, el tiempo. El maldito tiempo, cómo lo resiento. La carrera, sí. El éxito, sí. ¿Cómo se mide el éxito? ¿Cómo se mide la distancia entre cuerpos? Sed de labios, sed de fuego. La música fuerte, fuertísima, más fuerte que nunca, pero ya no reconozco la melodía y la ahogo siempre en un grito. Pinche loca, me das miedo. Pero lo amo, lo amo, lo amo todavía, lo amo como desquiciada, como maniática, como maldita loca.

Compramos un boleto de avión y nos vamos, nos escapamos de las voces y de los ladridos que me raspan la garganta. Nos escapamos y escondemos nuestros problemas, apilamos nuestros problemas detrás del Empire State y yo voy y me encierro en algún teatro sobre Broadway, junto a Broadway y me pierdo en una estúpida obra y me refugio en música que sí puedo cantar. 4 de julio en una azotea y los fuegos artificiales explotando sobre nuestras cabezas y tomamos un trago de una botella de champaña y jugamos a creer que tal vez esto sea felicidad. ¿Cómo se mide la felicidad?

Tomamos otro avión y aterrizamos en una isla a la mitad de la nada, una isla helada. Reykjavik como comienzo nuevo, Reykjavik como punto y aparte. Reykjavik con sus paisajes y sus oportunidades y sus esperanzas. Y nos consumimos detrás del humo de un cigarro y nos fundimos en un beso que parece eterno y jugamos a creer que tal vez esto sea felicidad. ¿Cómo se mide la felicidad?

Pero en casa nuestros problemas nos alcanzan y nuestros fantasmas salen del armario, despiadados e impíos. Tic toc, tic toc. El tiempo, siempre el pinche tiempo. Y su música ensordecedora y mi voz desentonada y el trabajo, el trabajo, es que tú no entiendes, no me apoyas, tengo que chingarle, ¿por qué no entiendes? Y yo con mi te vale madres, te valgo madres, soy la única que le chinga a lo nuestro, ¿por qué no entiendes? Y lloro en el coche y lloro en el baño y lloro en la cama y lloro hasta exprimirme los pinches ojos, ojos líquidos y agudos, llanto violento, llanto que extingue incendios.

Toma un avión, se va a Playa del Carmen. “No vengas”, dice, “voy de trabajo”, dice. ¿Ah, sí? Tomo un avión, me voy a Playa del Carmen. No me hace falta, no me hace falta. Que él trabaje, que haga lo que quiera. Cerveza y vodka y ron y tequila y no me importa, no me hace falta. Y me tomo la noche y me fumo mi amor hasta que se consume en cenizas y me vale madres, no me hace falta. Y salgo de fiesta y me como el crepúsculo y me tomo una cuba libre como yo. Y de pronto, tonta y borracha, conozco a un sueco –un maldito sueco– “Suecia es muy bonito”, digo, “me acuerdo de que la pasé bien”. Y el sueco y el sueco y el sueco y sus labios y los míos y la distancia entre ellos insoportable, intolerable. Y él trabajando y yo ahí y el sueco ahí y las yemas de mis dedos incendiadas. Y me resisto y me trago las ganas y al día siguiente lo veo y cogemos como siempre y en mi mente Suecia y dos cuerpos flotando en un vacío infinito.

Dos semanas que pasan y yo ya no puedo, ya no puedo más pero lo amo pero estoy cansada, estoy exhausta y mis ojos ya no pueden llorar más. “Creo que ya no debemos de estar juntos. Esta vez es en serio”, y me echo sobre él y consigo transpirar todavía más lágrimas y lloro en su hombro y en el hueco que se hace con su cuello. Me aferro a su espalda y lo beso todo, lo beso entero y me desvivo en un beso. “Te amo” digo entre sollozos y bocanadas de aire, ahogándome con mis palabras, arrepintiéndome y jugando a creer que tal vez tengamos una oportunidad de ser felices. Él no llora. Me observa y me abraza y me estudia y me besa con sus ojos líquidos más secos que nunca. “Todo va a estar bien” y se desprende de mí, agarra sus cosas y sale por la puerta, nuestras miradas cruzándose fortuitas en el umbral. Dos suertes. Dos desconocidos.